jueves, 25 de febrero de 2016

Jóvenes Turcos - Antecedentes históricos y geopolíticos del Genocidio armenio
De John Sahakí Kirakosyan
Editorial Ciccus, Buenos Aires, 2015

Jóvenes y bárbaros
Por Lala Toutonian

Frente a un Estado represor, la respuesta del pueblo es siempre la misma aunque varíen las modalidades –pacíficas a veces, contestatarias siempre-. Mientras el ensayo de la otredad encarne tensiones entre las partes, se apelará a una subjetividad que tiene poco de ética. Así, en un Imperio Otomano regenteado autoritariamente por el sultán Abdul Hamid II, un absolutista debilitado tras la guerra con Rusia de 1877, la aparición del grupo Jóvenes Turcos era solo cuestión de tiempo.
Hamid II era -según fuentes diversas- hijo de una bailarina profesional armenia que integró el harén de Abdulmecid I, padre de “Su Majestad Imperial”, como se hacía llamar el dictador. Cruel en sus modos hasta con los suyos, no terminaría sus días en paz. Contrario a las reformas independentistas de su predecesor Ahmed Mithat, a quien ejecutó, disolvió el Parlamento. El solipsismo es radical o no es nada: solo puede existir uno. En 1890, los armenios apostados en el territorio (suyo hasta trescientos años atrás antes de la invasión turca, zona de convivencia en paz de turcos musulmanes y armenios cristianos) exigieron los cambios prometidos a Hamid II. La rebelión que sucedió al incumplimiento fue aplastada y derivó en la masacre de 300.000 ciudadanos. Años más tarde, tras sufrir las crueldades de su soberano, los miembros del partido Comité de Unión y Progreso, más conocidos como “los Jóvenes Turcos”, hartos de la tiranía del gobernante sobre su propio sultanato, lo depuso y tomó el poder (el CUP gobernaría entre 1908 y 1918). Comenzaba una etapa nueva y aún más sangrienta. Los Jóvenes Turcos, responsables directos del Genocidio armenio perpetrado durante sus años al mando del gobierno, masacraron a un millón y medio de armenios de una población total de dos millones. Los armenios estaban apostados en la Anatolia turca, vecina de Rusia; así, fueron acusados de amiguismo con enemigos: una excusa más para la limpieza étnica.
Frente a la barbarie, resulta imperativa la recreación de la memoria y su trascendencia en la historia. El rol cultural es conminatorio.
Respecto de estos proyectos hay interrogantes fundamentales. Qué papel cumplieron las grandes potencias de la época: Gran Bretaña, Francia y Alemania. Cómo incidió la dirigencia nacional armenia occidental con sus partidos políticos (el Partido Social Demócrata Henchakian y la Federación Revolucionaria Armenia) en este escenario. Qué precedió a semejante accionar. Todos están detallados con claridad en el libro del Doctor Kirakosyan. Jóvenes Turcos – Antecedentes históricos y geopolíticos del Genocidio armenio resulta una obra necesaria sobre la antesala del Genocidio por su precisión y su rigor histórico. John Sahakí Kirakosyan fue un historiador y profesor universitario, doctor en Historia Universal. Nació en la capital armenia, Yereván, en mayo de 1929, e ingresó en la Facultad de Relaciones Internacionales de esa ciudad, para continuar su formación en Moscú, donde recibió el grado de Científico de la Historia. Fue catedrático en la Universidad estatal de Yereván sobre estudios de historia oriental. En paralelo a su actividad científica y pedagógica, Kirakosyan ocupó entre 1962 y 1964 el cargo de Director del área de propaganda del Partido Comunista de Armenia. Más tarde, presidió su Comité de radio y televisión. En 1975 y por el transcurso de diez años, fue Ministro de Asuntos Exteriores e inmediatamente después fue elegido como diputado del Consejo Supremo. Su aporte principal fue la investigación que llevó a cabo durante toda su vida para comprender los aspectos basales de la historia armenia, su gran pasión. Publicó La Primera Guerra Mundial y los armenios occidentales en 1971, y en 1972, Armenia en los documentos de diplomacia internacional y la política foránea soviética. Siguió con La diplomacia burguesa y Armenia y Los Jóvenes turcos ante la ley marcial de la historia, el libro que hoy ve la luz en español (solo había sido traducido al ruso, y recibió el Premio Estatal SSR). En 1986 se publicó A. K. Dzhivelegov y su herencia histórica. Kirakosyan había muerto un año antes en la capital rusa.
En un sentido sartreano, el fenómeno se da cuando el ser es. A partir de este concepto, la historia entera se remite a un derrotero de inhabilitación del otro, del diferente, del que no se quiere que sea. Jóvenes Turcos – Antecedentes … es la prueba de que los historiadores turcos no contemplan la evidencia de, primero, una deportación y, luego, la tragedia. Kirakosyan, a través de un análisis comparativo de fuentes diversas y numerosas, demuestra que es así. “Con una conciencia tranquila sacrifican la verdad y los principios de objetividad científica para servir a la falsedad y a la mentira”, refiere sobre el negacionismo turco por fines meramente políticos. Asegura también que esta campaña genocida no solo pretendía la destrucción física del armenio, sino que estaba dirigida a Rusia, el principal obstáculo para la finalidad de expansión del panturquismo. El autor utilizó todo su talento como cientista político para afianzar los lazos entre los armenios diaspóricos y los locales, para mantener la identidad étnica y cultural.
Repasar las páginas de este libro es descubrir documentos oficiales, invalorables artículos periodísticos de la época, resoluciones parlamentarias y fuentes de estudio. La traducción del armenio al español es de Alberto Dikran Kahvedjian, miembro de la colectividad armenia en Argentina, colaborador de comisiones culturales y medios de prensa locales, corrector y editor, fallecido en 2001.
La mejor herencia hegeliana sea, probablemente, la historización de categorías estéticas. Este libro pretende llegar al lector con ese rigor. Porque la historia no se repite cíclicamente: se endurece, se barbariza y, con una metodología nueva cada vez -nunca menos cruel, siempre más impía-, se aniquilan etnias y mueren las lenguas. Hoy, aunque muchos intelectuales y estudiosos turcos reconocen el genocidio armenio, el gobierno turco sigue negándolo. Eso funda la necesidad moral de seguir publicando material como el que hoy nos acoge.



sábado, 6 de febrero de 2016

Genocidio armenio
Imágenes del abatimiento
Por Lala Toutonian

Contaba mi abuela Nazlé, la paterna, que no sintió el balazo en su brazo. Estaba fuertemente aferrada a su hermano menor cuando notó una sangre marrón, espesa, bañando su mano y la de su hermanito. Mostraba su cicatriz mientras lo relataba, con el ceño fruncido, la mirada grave, la voz firme. Se quebraba cuando el relato llegaba a la parte en que los turcos la habían subido a una carreta junto a su madre y el resto de sus hermanos para tirarlos –literalmente tirarlos- en el desierto. Pero un vecino turco la rescató alegando que se casaría con esa niña de doce años y que cuidaría de sus hermanos. “Pero a mamá la mataron, los vi hacerlo”. El buen hombre no la desposó, le salvó la vida. Más tarde se casaría con mi abuelo Garabed, quien llegaría a Buenos Aires antes que ella, perderían contacto y él iría cada vez al puerto hasta encontrarla. Acá nacieron mi padre y mis tías. Pero esa es otra historia. Una feliz, de amor.
Contaba mi abuelo Vartevar, el materno, que mataron frente a sus ojos –unos turquesas, brillantes hasta el último de sus días a los 99 años-, a su esposa y a su bebé. Que él sobrevivió en el desierto escondiéndose bajo la arena cuando pasaban arrasando los turcos, bebiendo del orín de una mula moribunda, que sus compañeros en la marcha de la muerte caían como hojas secas. Seguía la historia hasta llegar al turco que lo refugia y lo hace pasar por su jardinero hasta que recuperó fuerzas y retomó el camino a pie hasta Siria. Luego se casaría con mi abuela María, llegarían a Atenas, nacerían mi madre y mis tías y se embarcarían a Buenos Aires.
En 1913 comienzan las deportaciones y la primera parte de las matanzas de la minoría armenia en el Imperio otomano, viejo territorio armenio ocupado –en ese momento- desde hacía trescientos años, y se continuarían hasta diez años después. El 24 de abril de 1915 ejecutaron a 254 intelectuales armenios. Clérigos, médicos, literatos, científicos fueron colgados en las plazas públicas como simbolismo de lo que se vendría: un millón quinientos mil más dejarían sus vidas bajo la daga, el balazo, morirían de hambre, de sed; los muertos se amontonarían en los ríos causando el desvío natural de su curso, las madres se abrazarían a sus hijos enfermos para contagiarse y morir juntos.
¿Por qué? Porque eran cristianos (se perdonaba la vida al armenio que se hiciera al Islam), porque eran grandes comerciantes (y se veían amedrentados frente al usufructo), porque sí. Turquía dice que no, que fue una guerra, que hubo bajas de ambos lados. Pero los testimonios, las fotos, los relatos de los pocos sobrevivientes hoy cien años después, las declaraciones de los arrepentidos, las filmaciones de los alemanes que participaron colaborando con el Imperio otomano, los testigos involuntarios (diplomáticos allí apostados en esos tiempos), dan fe de la crueldad y la barbarie vividas.
Hoy el mundo tiene los ojos sobre el Genocidio armenio. Porque fue espantoso, porque no tenía que ocurrir, porque no se entiende ese ensañamiento, porque de haberse evitado otras barbaries no hubieran ocurrido (la Shoá, Ruanda, Ucrania, Camboya, un largo y triste etcétera); tipos como Stalin, Pol Pot, Mao Tsé Tung, Hitler, no hubieran tenido un lugar en la Historia.
Hoy el mundo turco sabe la verdad de lo ocurrido y mientras el Estado, siempre el Estado, lo niega, el pueblo -¡siempre el pueblo!- se solidariza. Intelectuales turcos de la talla de un Nobel de Literatura como Orhan Pamuk, el historiador Taner Akçam, la escritora Elif Shafak, se han pronunciado al respecto y han sido acusados de traición por su propio gobierno. La ciudadanía turca tomó las calles de Estambul el 20 de enero de 2007 reclamando por el asesinato de Hrant Dink ocurrido un día antes. Dink fue un periodista turco de origen armenio, graduado en Zoología y Filosofía, jefe de redacción del periódico Agos, una publicación que siempre pretendió establecer un puente entre turcos y armenios. Clamaba a los armenios diaspóricos a terminar con su odio con el turquismo, pretendía recurrir la sentencia del negacionismo ante el Tribunal Supremo turco y a la Corte Europea de DDHH, escribía febrilmente ensayos sobre la causa hasta que un joven fundamentalista de diecisiete años lo baleó en la puerta del diario.
Estas son las consecuencias de un Genocidio: odios, rencores, dolores, resentimientos, nacionalismos exacerbados, chauvinismos baratos, y todo horriblemente sustentado. También el afán de mantener viva una cultura, una lengua, una religión, una memoria que se quiso tapar, matar, silenciar.
Porque cada una de las imágenes expuestas, cada niño moribundo, cada mujer violada, cada abuelo tatuado, cada hombre degollado, nos recuerda que tenemos porqué vivir.

Porque falta una palabra en la historia del Genocidio armenio: justicia.